Santa Ana, la Virgen María y el Niño Jesús, tres
generaciones, dos del fruto de la concepción inmaculada, son retratadas en un
paisaje. El cuadro muy probablemente fue encargado como un exvoto de Santa Ana,
en agradecimiento por el nacimiento de la hija de Luis XII, pero Leonardo
trabajó mucho tiempo en la imagen antes de entregarlo. La composición es un
buen ejemplo de su experimentación con la composición de figuras, que
inspiraría a artistas de la generación siguiente.
La
obra se cree que fue encargado por Luis XII de Francia, como ya hemos comentado,
para celebrar el nacimiento de su única
hija, Claude, en 1499. Anne era el nombre de su mujer y de la patrona de las
mujeres infértiles y embarazadas. Pero el cuadro nunca fue entregado a Luis
XII, como señaló un observador que da cuenta de su presencia en el taller de
Leonardo en 1517,cuando el artista fue alojado por Francisco I en Cloux, cerca
de Amboise. También se informó de su presencia en el Palais Cardinal (el actual
Palacio Real) en 1651, lo que ha alimentado la hipótesis de que la imagen entró
en la colección real con la ayuda de Richelieu. Pero con toda probabilidad fue Francisco
I quien lo adquirió al asistente de Leonardo, Salai, por una suma considerable
registrada en los archivos. Sin embargo, antes del inventario de Le Brun en 1683, no hay
confirmado ningún registro del cuadro en el Château de Fontainebleau.
Varios trabajos preparatorios, el cartón de la National
Gallery de Londres y varios dibujos entre ellos los del Louvre (RF 460) ,
permiten seguir el desarrollo gradual de la obra. En el primer boceto, Leonardo
reemplazó al joven San Juan Bautista por un símbolo, el Cordero de Dios, y se
deslizó al Niño Jesús desde las rodillas de su madre hasta el suelo. Le dio más
importancia a Santa Ana, quien se convierte en el eje de una composición
triangular. Los gestos naturales de las figuras les permiten interactuar entre
sí: el brazo derecho de Santa Ana se
mezcla con el de María, cuya cabeza oculta el hombro de su madre, y el brazo izquierdo
de María se prolonga por Cristo. Esta interacción nos transmite un significado
concreto: la idea del linaje y la Encarnación de Cristo, cuyo destino, la
Pasión, es prefigurado por el Cordero en el borde del precipicio. La
originalidad de Leonardo radica en su iconografía (la adición del Cordero) y su
composición geométrica y dinámica.
Como
hizo en
La Virgen de las Rocas,
Leonardo establece una escena religiosa en un paisaje fantástico y coloca un
abismo entre el espectador y las figuras. La distancia con las montañas es
cubierta por la perspectiva atmosférica con reflejos azulados y cristalinos y
pone manifiesto su interés por la geología y los fenómenos meteorológicos.
El sfumato, efecto pictórico característico de Leonardo,
unifica la composición envolviendo las figuras y el paisaje en una difusa
neblina evanescente y poética. Esta impregna con gran dulzura unos rostros muy
expresivos. Toda la obra emana un aura de extrañeza que, junto con las
expresiones sutiles y el estado inacabado de la obra, ha dado lugar a una serie
de interpretaciones psicoanalíticas desde Freud.
El cuadro influyó decisivamente en las generaciones
posteriores de artistas, pintores de inspiración clásica, tales como Raphael y
Solario y manieristas como Andrea del Sarto
Fuente: Musée du Louvre